Recuerdos de la Zaragoza de mi infancia
1/4/2005
Tenía yo pocos años cuando vivía en esa ciudad de los tranvías. Mi tío Nicanor era tranviario y cuando paraba en la plaza San Miguel, donde yo tomaba la fresca con las viejas las noches de verano, me subía a su convoy y me regalaba los tacos de billetes usados, pequeñas libretitas que me fascinaban. Alguna vez me dejaba girar el manubrio que servía de volante.
Alguna mañana Feliciano, su cuñado, me llevaba a ver la desembocadura del Huerva en el Ebro, donde él había trabajado en una caseta que aún estaba allí, de guarda forestal. Con pistola, eso sí.
Los Domingos de Ramos a mi abuelo le tocaba guardia en el albergue de la Rebolería, y siempre me llamaba la atención el botijo que permanecía a la sombra del alféizar de la ventana del cuarto de las camas, de día vacías.
Y para el Pilar, a la plaza Santa Cruz, vestidos los niños de baturro, entre óleos naif de pintores locales.
Comía palomas que atrapaban en casa de Carmen, una buhardilla humildísima en Manuela Sancho, con el periquito que me llamaba al oír mi llegada. Carmen le llevaba pollos vivos al médico de cabecera.
Tranvías destartalados, niños y viejos en un centro hoy intransitable por el tráfico, lugares naturales sin edificios ni autopistas gigantes a su alrededor, trabajos urbanos que ahora son sólo rurales, tradiciones religiosas que en realidad eran ritos festivos, botijos, trajes regionales, los animales siempre presentes. Un pasado vivo en la memoria de los zaragozanos, muy cercano. No han transcurrido ni treinta años.
El cambio, no nos equivoquemos, no ha sido a peor. Lo que sí es seguro es que se ha producido. Y que lo que para mí no es sino nostalgia de la niñez, para algunos resulta un Pretérito Impertinente.
Antonio Tausiet