Volver a Palabras a la brasa

RICARDO BORRIQUERO
Por William Shakespeare

 

Diciembre de 2002. Se estrena en Zaragoza Ricardo III, primer montaje del Centro Dramático de Aragón. Toda la crema de la sociedad acude al supuesto acontecimiento. El periódico más prestigioso se deshace en alabanzas. El comentario general es de optimismo, grandeza, ilusión, maravilla, prodigio, portento, primor, esperanza, dignidad, apoteosis, júbilo, glorificación, delirio y frenesí. Sólo unas pocas voces ya se habían levantado antes del estreno para evidenciar que el Centro Dramático de una región despoblada no podía arrancar con una tragedia clásica escrita por el dramaturgo más importante de la historia del teatro.

Pero fuimos a verla. Con la vana pretensión de pasárnoslo bien, de disfrutar de un texto que nos habla de la vil condición humana. Las adaptaciones al cine de 1954 (Laurence Olivier) y 1995 (con Ian Mckellen de villano, trasladado a una oscura Inglaterra fascista en los años 30 del siglo XX), nos daban una buena idea previa. (Hubo varias personas que salieron opinando que la versión en cine de Branagh era mucho mejor; lástima que Kennet Branagh no haya filmado nunca esta obra...). Pero el ampuloso y hierático montaje escénico de los interminables 110 minutos albergaba sólo un cargante recital de interpretaciones planas, lejanas y faltas de vida. Sólo el actor protagonista levantaba de vez en cuando del sopor a los aburridos espectadores, mostrando su faceta de histrión. Nada reseñable si tenemos en cuenta que estábamos asistiendo supuestamente a la puesta en escena de una obra de gran interés por sí misma.

Y se desarrolla la representación. Y aparecen en escena los actores como podrían aparecer si pasaran por allí. Porque declaman todos con el mismo afán uniforme y rompen el encanto de la magia del teatro. Nadan en un montaje sin gracia como los peces en un acuario, que permanecen vacíos, sin sangre, olvidadizos.

El fiasco se apoya en imágenes grabadas, que son proyectadas sobre el gran baldaquino que con sus ocho patas cubre las evoluciones de los personajes. Un intento de dotar de modernidad mal entendida al montaje: la estética de policíaco de serie B chirría, y el recurso al audiovisual se hace excesivo. Sobre todo cuando asistimos a la gran escena final, en la que se aparecen todos los asesinados al protagonista... en la pantalla de vídeo. Y su deambular trágico, culmen de la obra, solicitando un caballo, también grabado. Así que cuando suponemos que ya hay que aplaudir el desenlace, lo hacemos realmente de unas imágenes grabadas.

Un final que merece ser criticado, sea cual sea el punto de vista general sobre la obra. Cuando empezábamos a verla y contemplábamos unos personajes que bailaban al ritmo de "Palomitas de maíz", iluminados con luces de discoteca, esperábamos ver algo distinto, ya no original. Pero el desarrollo general nos sumió en el más profundo aburrimiento. Y repetimos con Ricardo III las palabras con las que comienza la obra: "Éste es el invierno de nuestra tristeza". El Centro Dramático de Aragón ha empezado con mal pie. Sólo nos queda desearle que rectifique, mejore, y se convierta en el servicio público que los papeles oficiales dicen que debe ser.